miércoles, 5 de enero de 2011

Renuncio


Por Jaime Bayly

No seré nunca candidato a nada.

Quien se postula a un cargo público, a un premio, tiene que estar convencido de que merece ganar, de que merece esa gloria, ese reconocimiento.

Yo estoy convencido de que no merezco ganar nada.

Por lo tanto, si postulase a algo sabiendo que no merezco ganarlo, estaría haciendo trampa, embaucando a los despistados y a los incautos, siendo deshonesto conmigo mismo.

Yo no votaría por mí. Yo no me otorgaría ningún premio. En consecuencia, no debería aspirar a que otros me den lo que yo sé que no merezco.

La única manera de evitar caer en esa trampa de la vanidad es no postular a nada, a ningún cargo, a ningún premio, a ningún honor que falsee la verdad: que soy un hombre mediocre y vulgar que se siente a gusto siendo mediocre y vulgar.

El poder corresponde a los que desean ejercerlo para bien o para mal, y yo carezco de deseos para ejercer el poder, y a menudo carezco de poder para ejercer mis deseos.

Mal haría entonces en tratar de gobernar a otros cuando a duras penas puedo gobernarme a mí mismo.

Si algún respeto tengo por los demás (por ejemplo, por mis compatriotas, los peruanos), debería hacerles saber que no sé gobernar nada, ni siquiera mi pelo o mi entrepierna, y que si intentara gobernar a un número de personas (a una república, a una alcaldía, a una provincia, a una junta vecinal, a un condominio de playa) les haría un daño incalculable, como incalculable es el daño que he causado en mi pelo y mi entrepierna.

Declaro entonces que mi mayor ambición es la de ser un ciudadano ordinario y mediocre, un sujeto lastrado por la pereza, un bueno para nada, un cero a la izquierda, una sombra, un hombre que camina por la sombra.

Algunos pocos premios me han sido dados; ninguno debió concedérseme. Devuelvo ahora los premios, mas no la plata, que ha sido gastada. Devuelvo los premios literarios que manchan mi biografía de escritor: un premio que me dieron en Galicia que tuve el buen tino de no ir a recoger, otro que me dieron en Barcelona sólo para que el editor ganara más dinero con ese libro acanallado, y uno más, el peor de todos, que me fue entregado por un jurado catalán que, al tiempo de darme el premio, me recordó lo que ya sabía: que no lo merecía y que si pudiese me quitaría el premio y sobre todo el dinero.

Entonces aprendí que el mejor premio que puede ganar un escritor es que no vengan a molestarlo con premios amañados y con dineros obscenos que salen en los periódicos y despiertan los celos y la envidia de otros escritores (que sienten que ese premio les correspondía a ellos y les ha sido robado) y el recelo o la desconfianza de los lectores (que sospechan con razón que esa novela premiada no vale tanto dinero).

Mi agente literaria, la espléndida señora Carmen Balcells, sabe que no debe postularme nunca a ningún premio y que si algún despistado insistiera en darme un premio a despecho de mi voluntad, tal premio deberá ser devuelto con las gracias respectivas.

Ninguna recompensa se compara a la de maravillarse de seguir estando vivo y de persistir en el noble oficio de coleccionar palabras dictadas por la rabia y la tristeza y de compartir esas palabras con otros que al leerlas sientan algo parecido al placer.

En mi caso, ningún premio literario es justo. Siempre hay un libro mejor que el mío. Por lo menos eso es verdad tratándose de mí. No lo es, desde luego, tratándose de un portentoso creador de ficciones hechiceras como el gran Mario Vargas Llosa, premio Nobel y premio Noble, infrecuente coincidencia en un escritor.

Tampoco me gustaría otorgar premios, ser miembro de un jurado, discriminar entre lo bueno y lo menos bueno, erigirme como juez supremo de quienes, jóvenes envanecidos y ambiciosos, compiten entre sí por alguna forma de reconocimiento, por un cheque, por sobresalir del montón, por ser alguien notable, notorio, una foto o un titular en el periódico.

Los más notables, me parece, son los que menos se hacen notar, los que más sabiamente esquivan la notoriedad.

No deja de ser curioso que muchas personas (y entre ellas, personas de indudable inteligencia) consideren que la gloria más codiciada entre todas las posibles sea la siguiente: postularse al cargo público de mayor poder en la tribu a la que se pertenece, decir que uno sin duda merece dicho poder y desea con fervor servir a los demás miembros de la tribu (a los que mayormente no conoce), ganar el poder en buena lid y ejercer esa autoridad de un modo recto, justo y virtuoso, de un modo tal que induzca a los demás a pensar que uno, el poderoso, el que gobierna, es mejor que ellos, los del montón, los anónimos, los gobernados.

Pero eso no es verdad, no puede ser verdad: siempre es mejor y más estimable el que prefiere votar por otro que por uno mismo, siempre es más sabio el que advierte con lucidez que hay muchos otros mejores que uno mismo y que son ellos los que merecen las glorias y los honores, nunca uno mismo.

Los reyes son tristes. Los pontífices también dudan. Los presidentes cuentan los días para dejar el poder y volver a casa (pero ya nunca podrán volver a casa). Los dictadores recuerdan con añoranza cuando podían comer sin temor a ser envenenados. Los que tienen poder envidian a los que carecen de poder.

Cuanto más pesada y duradera es la responsabilidad que recae sobre el poderoso, menos poder en verdad se tiene, pues las obligaciones del cargo o la investidura o el mandato recortan el verdadero poder al que puede aspirar cualquier individuo, que es el poder de su libertad, la libertad de hacer lo que le dé la gana sin rendirle cuentas a nadie, por ejemplo la formidable libertad de escribir ficciones, que es lo que le da, si acaso, algún precario sentido a mi vida.

Por eso no quisiera ser presidente, ministro, congresista, alcalde, concejal o director de la junta de propietarios del edificio en que vivo: porque el poder temporal que otros, con suerte, me concederían con entusiasmo o a regañadientes me convertiría enseguida en un rehén de aquellos que, al reconocerme un poder superior al que ellos poseen, han confinado al mismo tiempo los límites de mi libertad, han secuestrado mi libertad, se han adueñado de mi errabundo destino y se creen con derecho a reclamarme en tono airado si las cosas van mal, y las cosas, ya se sabe, siempre van mal.

Si de verdad quieres tener poder, tal vez deberías aspirar a tener la mayor libertad posible, una libertad que nadie pueda arrebatarte, una vida sosegada y sedentaria que a nadie tengas que explicar, el poder insuperable de mandar a todos al carajo y hacer lo que más te guste o no hacer nada, que es generalmente lo que más nos gusta hacer, nada de nada: ver una película o un partido de fútbol o escuchar una canción o darle un beso a tu chica embarazada.

Renuncio. Renuncio a ser candidato a nada. Renuncio a postularme a un premio, a un cargo, a una distinción. Renuncio a intentar ser un hombre de éxito. Renuncio a gobernar cualquier otra vida que no sea la mía. Renuncio incluso a gobernar mi vida.

No renuncio todavía a mi vida porque me quedan dos libros por escribir y porque con suerte en abril nacerá el bebé que Silvia valerosamente lleva consigo.

1 comentario:

  1. FELICITACIONES AMIGO POR LOS LOGROS QUE TIENES. ESPERO LEER PRONTO TU NUEVA OBRA.SALUDOS

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