martes, 30 de agosto de 2011

Suicidio de amor

por Carlos Calderón Fajardo


Por ejemplo, despertar de pronto en medio de una selva, rodeada Graciela de fieras hambrientas que se arrojarían sobre su presa mordiéndole la cara, arrancándole grandes trochas del pecho y ella que se escapa y se mete al edificio, el cable del ascensor se rompe, y cae varios pisos, pero el ascensor no se estrella porque ésa había sido sólo una manera de escapar porque el ascensor se detuvo en el décimo; una puerta metálica y eléctrica se abrió hacia un mirador de cemento: se veía techos sucios de la ciudad, era un sitio hecho a la medida para que Graciela corra y se aviente desde un décimo piso cayendo de nuevo como un huevo frito para después sobre el cadáver tirado en el pavimento vuelen los zopilotes, de entre los arboles salgan las hienas cuando ya los leones relamiéndose se habían alejado de ese lugar hecho al pelo para el suicidio. Habían muchas formas de intentarlo: una, el sueño violeta porque otro color no podía tener el sueño, la muerte al ingerir una píldora, la primera para hacerse la ilusión que sólo se quiere dormir, después uno se embroca todo el pomo y es cuando se entra en ese largo sueño, en un humillo, la sensación de estar flotando, una sensación parecida a la de estar en un recinto con todas las ventanas clausuradas con butapercha, hay periódicos en la ranura de la puerta y luego de tomar posición en una silla, se prende el gas de la cocina y se deja que el gas se escape lentamente, entre por las narices y es cuando se nos viene el sueño violeta, el enorme sueño en el que tú ves a una mujer que se eleva por el aire, Graciela ahogada por el gas, envenenada por una sobredosis de píldoras y en un claro de aquella selva, los restos quedan a la vista y paciencia de cristianos, son carne para las fieras y velocidad de caída para los curiosos que se amontonan al pie de edificio cuando una mujer está por arrojarse de un décimo piso. Para Graciela todos esos intentos, qué se iban a comparar con el andar lentamente, por la arena, descalza, recibiendo el vientito del amanecer en las mejillas, mientras la espuma vuela con el aire por la orilla. Aquel momento macanudo cuando todo el cuerpo se va metiendo vestido al agua, paulatinamente el agua va tapando a la mujer hasta que el mar empieza a desvestir a la suicida: abiertos los brazos de la blusa, revolviéndose el traje dentro de una ola mientras los pulmones de Graciela revientan con el agua salada que va ingresando a raudales hasta que ella siente que la cara se le infla como un globo. Y el globo revienta como un balazo, es decir ese sonido, la típica y clásica imagen del suicidio: despacio la pistola hasta la altura de la sien, apretando el gatillo aun más despacito, dándose cuenta del último clic, rapidísimo el clic y ese sonido derramando pólvora justo en el momento en que ya no se siente nada, se flota en una especie de limbo.
Porque yo estaba seguro de que tú Graciela te me querías suicidar. Pero ahora sé que estás viva porque escucho la llave que metes por el ojo de la cerradura.
Puedo adivinar que aprietas un papel en lo que hay digamos una carta que me sé de memoria.
“Nos vimos pero no me reconociste, todos estos días me he cruzado delante de ti con la esperanza de que me reconozcas, pero parece que por desgracia ya no te acuerdas de mí. No puedo seguir sin verte, Si uno de estos día me hago del coraje para ir a tocar tu puerta, espero que me recibas como si no hubiese pasado un solo día en estos diez años” Firmado: Norberto.
Este mensaje te lo mandó el antiguo enamorado tuyo y el enamorado se ha cruzado en la calle con Graciela sabiendo lo que ella se le revuelve en el pecho. Porque en circunstancias así, Graciela, para ponerse tranquila se va a pasear, había andado unas cuantas cuadras y asomaba sobre el mar, volvía por el malecón de progreso a su casa porque Graciela vivía muy cerca al parque en el edificio bastante nuevo, construido altísimo en la mitad de la calle. En la esquina el antiguo enamorado se sobrepara. La había visto bien de lejos, de repente fue la timidez, el hecho es que la vio desencajada, no se acercó, la siguió las cuatro cuadras desde la avenida de los tranvías hasta el parque; volteó, lo reconoció al aproximarse; nadie de equivoca cuando una mujer tuerce el cuello como lo torció Graciela. El antiguo enamorado a pesar de mirarla directamente a la cara, no había podido impedir que Graciela siguiese caminando. El viejo enamorado dando enormes saltos de calle en calle para cruzarse con ella que iba siendo empujada como cuando un animal lo empuja el fuego hacia afuera de la selva, o como cuando alguien se lanza desde el último piso de un edificio. Eso en aquella cuadra como si fuese pasatiempo normal de un mujer que regresa a su casa el ponerse a imaginar las diferentes modalidades para quedar bien muerta. Querer el suicidio después de haber visto a Norberto, luego de que no pudo hablarle, tirarse del malecón al mar, como si matándose fuese a decir ya no pienso más, ya no me acuerdo más de él, él no ha cambiado y si ha cambiado yo muero bajo las ruedas de un camión. Es cuando todo adquiere color violeta, cuando una mujer como Graciela se para delante de una vitrina, esas es una tienda de artefactos eléctricos y es completamente lógico que ella imagine que está en una habitación como en una burbuja llena de gas, ahogándose, llorando, cayendo al piso morada y sin aire. Muriendo lentamente hasta que el ruido de la llave en la cerradura la despierta, la saca de ese limbo, la vuelve a la realidad que no es otra cosa que la de vivir diez años con un hombre que no es Norberto que en el departamento se pasea con el periódico bajo el brazo de una pieza a otra. Ese hombre raro que Graciela no conoce, que no hace otra cosa: repetir el mismo discurso de siempre, hablarle a Graciela de su sexo, de sus impotencias, de sus incapacidades, de sus miedos, lo suficientemente fuertes como para botar a una mujer con tanta cháchara a la calle, huyendo, escapando Graciela hacia la selva, hacia el mar, sufriendo esa mujer, en cada salida, mil muertes imaginarias, para después, como los asesinos, volver testaruda al lugar del crimen, regresar de nuevo al departamento, meter de nuevo la llave en la cerradura, quedarse con la llave en ese sitio, una llave que no termina nunca de dar vuelta.
Porque yo sé que está allí, Graciela. Sé que estás dudando, que no abres porque me ves como en cine o fotografía, prendiendo la lámpara de pantalla color canela, abriendo el periódico y dejándolo sobre el sillón, comiendo una de las dos peras que dejaste en la cesta sobre la mesa del comedor, para después finiquitar la pera abrir el refrigerador y sacar la botella con agua helada para sorberme un trago del pico. Debes de creer que estoy echado en la cama sin tender pero te equivocas en redondo porque no estoy allí.
Estoy en el sillón de la sala. Y ahora Graciela como estatua tras la puerta y yo refundido en ese sillón. Yo estaba por hacer lo que en las tiendas se llama un balance. Aquella noche, si, diez años atrás, esa bendita noche. Los dos, Graciela y yo, en una fiesta, en un apartamento lleno de globos y mascarones de papel, una fiesta de empleados, solteros y borrachos. La pierna de Graciela cruzada para que yo le viera la pantorrilla porque Graciela, con medias color carne, era distinta en ese tiempo, con su vestido a la moda en la época de la minifalda. Suenan los cubitos de hielo en el vaso. Acababa de alquilar, hace un mes nomas, un departamento muy lindo. No bailamos; nos la pasamos dándole a la conversación, toda la noche en un rincón repleto de almohadones, las parejas se apretaban bajo luces indirectas, típico en fiestas de este tipo. No pude hacer otra cosa que decirle: no te preocupes por la hora Graciela, porque yo la iba acompañar a su casa. un taxi en la esquina porque el Volkswagen yo todavía no me lo había comprado y cuando paró el carro, de un salto me bajé detrás de ella, pagué el precio de la carrera mientras ella había abierto la puerta principal del edificio; el ascensor subía, ninguno de los dos hablaba porque lo mejor es quedarse callado en ese momento a ver qué dice la otra persona; aquellos gestos evidentes al bajar, el departamento, Graciela, lo había arreglado con muchas flores, un retrato de payaso en la sala y ella me dice hasta acá nomás. Como si de pronto me hubiesen dado un baldazo de agua en la cara, como si despertase de una larga borrachera de varios días, porque en cierta medida la fiesta había sido la coronación del clásico asecho del cazador a la presa, ella como venadito y yo como león listo a comerme aquella carne. Habíamos salido con Graciela a diario en una semana que coincidió, por una de esas casualidades de la vida, con comunes vacaciones pedidas en abril para aprovechar todavía de la playa y no malograr el horario de verano pidiendo las vacaciones en marzo. El lunes en la playa y yo que era aficionado a la lectura no sé por qué pero me puse a perorar sobre el suicidio de Alfonsina Storni, tal vez porque ella me dijo no te vayas a reír Norberto, me gusta escribir poemas, y que si me portaba bien me lo ibas a leer, en realidad en lo que nos metimos fue en una especie de juego, hacer que en esa playa desierta Alfonsina fuera perdiendo una a una sus ropas mientras lentamente entraba en el agua. Y fue cuando Graciela hizo saltar como un conejo el folklor argentino, un disco de Mercedes Sosa, una canción que justamente habla de eso. Rápidamente yo le dije: conozco el disco, lo conozco. Es que no me imaginaba calentando a una hembra con canciones de Mercedes Sosa como música de fondo, yo metiendo el caballo a Graciela mientras la chola le canta a la maestra argentina, ni de vainas. Veo que se me están confundiendo las cosas. Vuelvo, regreso a lo de Alfonsina. Y ella entornaba los ojos. Nos besamos la tarde entera echados en la arena, y hasta ahora no lo comprendo, debí de haberlo metido el chuncho aquella vez; detrás de nosotros sólo el ruido de las olas, y ese día en la playa, ella, no sé si decepcionada o púdica, diciéndome al atardecer que tenía que regresarse temprano y no le pregunté por qué, porque me habría respondido: voy a recibir la visita de mi tía Eulalia, no sé si Graciela tenga una tía Eulalia pero no importa.
Nos vimos al día siguiente. Flechazo de amor. Al día siguiente fue un martes y ella, resabida, no quiso volver a ir a la playa. Le dije vamos a Barranco y ella subió al colectivo hablando de la poesía de Eguren pero yo no pensaba en Eguren sino en matorrales bien tupidos, en los mil lugares ocultos del balneario, pero ella no quiso ir al malecón, y nos estábamos paseando por la Laguna cuando de sopetón nos dimos de cara con la entrada al zoológico. Graciela nunca había estado y entramos. Al principio todo era risa y divertirse mucho, cada con una nube rosada de azúcar y ella copiándole la mueca a los monos y yo filosofando; no había que burlarse de nuestros antecesores y nos reímos mucho porque abundaban los parecidos con personajes de la historia y con artistas de la televisión. Riéndonos a gusto cuando de pronto ella se quedó muda. En la jaula grande estaba el rey de la selva tragando una tremenda troncha de carne, los colmillos impresionantes y la manera de comer también. Y allí fue que metí la pata, porque por mi mala costumbre de filosofar a cada rato, dije que sería terrible encontrarse con un león en plena selva y ser comido con zapatos y todo. En seguida Graciela se vio destripada en el bosque, se impresionó tanto que ahí nomás acabó la excursión al zoológico. Perdió el habla porque no habló cuando salimos del parque y no habló tampoco en el colectivo. Después, en un café de Miraflores, mientras ella avanzaba cómodamente haciendo desaparecer un helado, yo me decía: “No me llamo Norberto sino me le meto entre sus piernas”. Le miré las pantorrillas, pero cuando le dije ¿Y? ¿te vienes a conocer mi casa? podrás escuchar todos los discos de Mercedes Sosa que quieras, ella me contestó diciéndome que la tía Eulalia se iba de viaje y que a la tía le daban un party de despedida. Debo de haber olvidado qué hicimos el jueves, la llamé por teléfono porque lo único que me acuerdo es que la llamé por teléfono; lo curioso fue que aceptó ir a mi departamento a escuchar cualquier clase de música menos a Mercedes Sosa porque la gorda la ponía triste y ella no quería estar triste cuando salía conmigo. El timbre en la puerta, era una campanita, y yo me había bañado, oloroso bajo la seda de mi bata japonesa, el disco de Mantobani bien bajito, la cama lista, las sábanas limpias y el espejo estratégicamente colocado, las campanitas que suenan y yo que corro a la puerta, gritaba en silencio: entra, entra culito lindo que ahora sí no te me escapas. No sé si fue la bata, o mis pies bien lavados, o las pantuflas, desde la puerta el dormitorio como una selva a la cama como la boca de un león, pero algo debió ser, la cosa es que no quiso entrar, y allí fue que cometí el primer error: quise forzarla, la jalaba para que entre y ella lloraba y yo ridículo en bata. Se me habían quitado las ganas, y ella salió corriendo, casi se cae del décimo piso y digo casi se cae porque a mí me dieron ganas de cargar la en peso y arrojarla a la calle. El ascensor descendía, pero yo estaba confiado: ándate nomás porque el sábado no te me escapas. Eso fue lo sorprendente, el día de la fiesta. Siguiendo con la tradición cometí un error más grande que la anterior: Graciela estaba en la cocina preparando el café, yo en la sala sin zapatos, en puntillas me fui hacia ella, cuando estaba a tiro me abalancé sobre Graciela, la arrastré de cuarto en cuarto y cuando llegamos al dormitorio sonaron las trompetas de los arcángeles porque esa es la música apropiada para violar a una mujer. Lo hice, sí, eso se explica cuando se ha salido con una, y después se sale con otra y con otra, te dicen no justo en el momento en que uno ya está loco, toda la vida lo mismo, como disco rayado el no, hasta el momento en que ya no aguantas más; a esa altura del partido, tú estás solo con Graciela, agarras a Graciela como un animal muerto y la arrastras hasta el dormitorio y allí se lucha contra cierres que no se ven, imperdibles que punzan y broches con soldadura. Y es cuando ella grita y llora. Yo me levanto de encima de Graciela y un olor picante rampaba por todo el departamento, eso porque ella había estado preparando el café, y porque mientras ella había estado saliéndose el gas de la cocina, al punto que cuando salí amarrándome los pantalones, la fiesta era ya justo el sitio que han elegido dos amantes frustrados para suicidarse.
Diez años desde ese día y ni yo ni Graciela ya no éramos los mismos. Yo sentado en el sillón de la sala y ella caminando por el malecón, mejor dicho yo sentado en la sala con el periódico abierto y comiéndome una pera mientras Graciela dudaba en abrir.
Lo primero que hizo cuando entró fue hacerme aquella pregunta, el papel bien sujeto en la mano: Esta nota es tuya o de Norberto, diciéndolo muy seria. Mía no es, respondiéndole con la misma seriedad. Entre el hombre que Graciela recordaba y yo, el verdadero bolondrón no habría comenzado. Volvió de nuevo a la carga: No mientas, dime: esta nota es tuya o de Norberto. Ya te he dicho que no es mía. Lo increíble del asunto era que para Graciela era dos al mismo tiempo, el que fui y el que era. No se daba por vencida, siguió fregando. Por favor, dime: esta nota es tuya o de Norberto. No seas cargosa. No debí de haberle dicho nada, cuando le decía cargosa ella perdía los papeles. No debí de contestarle, porque el Norberto con el que Graciela vivió la semanita romántica de playas y Jardín zoológico se había quedado a vivir en su recuerdo, Norberto como hombre que tercia, diferente a sí mismo. Y ella, allí, con cara de gata resentida y el departamento oscuro, apenas si entraba luz por los resquicios, la persiana llena de polvo. Yo, apoltronado en el sillón, el cuerpo tieso, los nervios en punta y apropósito no había corrido la cortina ni tampoco prendí la luz de la lámpara. Si Graciela quiso ir a darse una vuelta por el malecón, ponerse a mirar el mar, yo en cambio, me había quedado a gusto solo, en la oscuridad, dándole vueltas a lo de Norberto, pensando en mí mismo, recordándome cómo fui.
—¿Cómo está Norberto? —preguntó.
—Igual —contesté— hace rato que no sale del baño.
—¿Dijo sí?
—Creo que sí, no soy yo el que se lo va a preguntar.


Graciela en el otro sillón, muda como una tapia. Y el  pícaro chispeo en sus ojos era porque yo tenía que sacar a Norberto del sitio, hacerlo volar de la vida de Graciela. Graciela jalando la cortina y la luz del sol se mete en la sala y eso no me gustó, pensé que en el relumbrón ella se podría dar cuenta enseguida de eso, que yo era el mismo Norberto. Pero felizmente no pasó así.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Graciela.
—Ya te lo he dicho, está en el baño.
—Quiero verlo.
—Déjalo tranquilo.
—No, quiero verlo, quiero verlo.
Cómo decirle no a la mujer testaruda que quiere ver al que fue su marido, en el baño, eso es algo imposible de poder impedir.
En el baño, una ventana lateral, los vidrios nublados creo que se llaman pavonados. Pero Graciela empujó la ventana, la dejó entreabierta.
Norberto increíblemente nervioso, y sus pasos medrosos en las losetas frías y aquel temblor de pies a cabeza como si fuese al matadero cuando en realidad era acercarse al espejo de Norberto, la verdad, lo que había hecho que en diez años Graciela lo mirase como un bicho, Norberto sin desvestirse completamente nunca, escondiéndose en playas y piscinas, con miedo de ser descubierto. Pero a Norberto lo miraban desde una ventana, en el espejo del botiquín, mejor dicho poniendo el botiquín sobre la tapa del wáter, allí a la altura exacta. Lo has hecho mil meces en tu vida Norberto y de qué te ha servido, como si cualquier mañana, después de una noche de insomnios, fueses Norberto a despertarte, a levantarte de la cama, diferente, otro, acercándote al espejo. Mirándose Norberto esta vez con un último hálito de esperanza, con el último entusiasmo, encontrándose de nuevo con la misma decepción: y en la mitad del espejo los pelos enroscados, y el sexo bien muerto, y una parte del muslo y del ombligo. Norberto recordando circunstancias iguales a esa, buscando, en su niñez, en su juventud, en su años de casado, soñando con una querida y Norberto lo que hacía era ir a fiestas a ver si allí se salvaba, si en esa fiesta encontraba la mujer que le iba a decir que lo podía hacer feliz, pero eso no pasaba nunca Norberto y por eso ibas al burdel, amigo de las putas, y era cuando te sentías un animal, alguien que se suicida, que toma píldoras, que se duerme para no despertar, que se quiere morir, Norberto. Porque en ese Norberto había alguien que no dejaba de mirarse, diciendo: este no soy yo, yo no fui así, debajo de mi cuello ahora hay otro que no soy yo, y que soy, un impotente, un medio maricón, un incapaz, un monstruo, de la naturaleza, hasta los perros Norberto, menos tú, porque si quieres puedes ir al zoológico y constátalo, que toda la naturaleza funciona correctamente menos tú Norberto. Esa es la otra cara de Norberto. Y él, espejo, resistiéndose al suicidio, a cortarse las venas, ahogarse en la bañera, dejar que la sangre chorree en el lavatorio hasta desangrarse, hasta desaparecer, porque ese espejo es un mar blanco, un mar quieto, extendido, Norberto. El resto de la vida mirándose, cualquiera podía mentirle menos el espejo y ya Norberto no podía salir del baño, en cierta manera su muerte tenía la música necesaria, es decir, las trompetas de los arcángeles. Graciela cerró despacito la puerta del baño.
—¿Quieres café? —preguntó.
—Sí, pero no muy cargado.
El agua en la cafetera y la cafetera en la hornilla. Yo lo noté en seguida, estaba muy tranquila moviéndose suave, como después de un baño o un masaje. El nervioso era yo, todo había sido continuar la misma cuerda durante diez años y en los siguientes minutos se acababa esa cuerda para empezar otro rollo, otra película, otro cuento, vaya a saber qué.
—No crees que te olvidas de algo…
—De qué.
—Dijiste gratuitamente mucho de mí…
—¿Y quieres que te compense?
—Sí.
—Bueno.
Pero no era fácil liquidar a Norberto, Graciela planeó la muerte más sangrienta, la más inimaginable. Norberto desnudo en medio de la selva. Después sin que ella diga nada, un enorme león melenudo aparece de entre los árboles y de una sola y primera dentellada le saca una tremenda troncha a Norberto, la fiera que se atraganta mientras los zopilotes y las hienas esperan a que el león moviendo la cola se aleje nuevamente hacia la selva, es cuando una escena sangrienta necesita de un complemento, que en lugar de un león aparezca un tremendo vehículo, se aproxima por la calle como si un camión también fuera una fiera y aplaste a Norberto que ha salido corriendo del departamento, casi desnudo, del baño, como si aquel baño fuese una selva en donde hubiese quedado el gas prendido; Norberto ahogándose había podido romper los vidrios pavonados saliendo a la calle en busca de aire puro, de la misma forma como alguien que alguien ha comprado un arma asesina en un establecimiento de artefactos eléctricos, regresa al lugar del crimen para quedarse contemplando la vitrina, el sangriento instrumento. De allí en adelante las salidas se harán más limitadas. Norberto perseguido por un león, un camión y una cocina, entrará corriendo a un edificio. Sube el ascensor; cargado el ascensor con tan tremendo peso: un camión, una cocina y un león, se desploma abriéndose como una flor al estrellarse pero librándose esta vez de la muerte Norberto porque Norberto se había quedado suspendido en el aire, como en el limbo, colgado de un fierro, alzando las patas para conseguir trepar después de muchos esfuerzos nuevamente al piso décimo con la cabeza que le da vueltas, con una especie de sueño que no tiene otro color que uno violeta; muy violeta como es el color de la muerte, cuando a Norberto, que se ha salvado del león, el camión y la cocina, no le queda otra cosa que arrojarse de ese décimo piso hacia la calle para que la gente disfrute del espectáculo, de la velocidad de la caída, de un muerto tendido en el pavimento, de la misma manera como un cadáver queda en el claro de la selva expuesto como un cristiano a ser carroña de los animales más bajos.
—¿Contesta?
—No, te has olvidado de algo.
—Espérate, déjame recordar… Si ya sé, me olvidé del ahogamiento en el mar.
—No, deja eso, no sigas profanando la memoria de la pobre Alfonsina.
—No dije nada.
Se escuchó el balazo dentro del baño, el clic rapidísimo y el olor a pólvora en toda la casa. Norberto no era nada y flotaba en el limbo sin regreso.
Graciela servía el café, estaba que me lo servía y yo sentía aquel calor de hembra que ha comido algo raro porque Graciela había rejuvenecido, tenía el calor de la mujer que ha botado al hombre que no la hacía feliz para agarrar a otro y empezar de cero. Los ojos distintos como si despertase después de haber estado durmiendo un montón de tiempo. Norberto se había suicidado y se acababa el sueño violeta.
—¿Ya te cansaste de pensar en Norberto?
—Sí ya me cansé —contesté titubeando.

—Si te cansaste, entonces, chiquito zonzo, ven aquí, pero por favor esta vez apaga el gas, quieres. 


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