domingo, 9 de enero de 2011

María Magdalena


Por Darwin Bedoya


Galilea era un pueblecito sosegado y casi enterrado en el olvido. Todas las mujeres vivíamos encerradas en nuestras casas. Éramos casi niñas, pero ya sabíamos distinguir a las gentes buenas de las malas. Por eso, el día que te vi junto a Pedro y Juan, supe de inmediato que algo pasaría entre nosotros. En tu forma de mirar pude notar que algo te interesaba de mí. Hasta llegué a imaginar unos sutiles guiños de tus ojos caramelo. Señor, no me he olvidado aún: nuestra historia empezó la noche que te cobijé en mi casa. Aquella tarde, casi al caer la noche, llegaste con tus discípulos. Estabas hambriento y sediento. Buscaste en mi pozo el agua fresca y cristalina que no pudiste encontrar en los desiertos. Aquella noche te esperé impaciente en mi alcoba. Supuse que vendrías. Y viniste. Como un loco de atar me arrancaste los vestidos. Luego dejaste caer tu empolvada túnica y, poniendo tus suaves manos sobre mis labios, dijiste que el cielo era nuestro. Dijiste mi nombre, lenta y suavemente. Yo, un poco ruborizada y ardiente también, siguiendo tu encanto, apagué las luces de los candiles. Sentí tus barbas raspando mis endurecidos y pequeños pezones. Y también dije tu nombre, despacio, muy despacio…

Antes del amanecer, agotado y silencioso, te levantaste de la cama. Arreglaste tu larga cabellera. Me diste un beso húmedo. Arreglaste tu barba. Te marchaste con una túnica opaca y sin decir adiós. Once de tus apóstoles te esperaban impacientes. Yo me quedé pensativa y con la emoción hasta los topes, temblando. Qué más podía ser: toda la noche viajamos sobre alas blancas y llegamos a un paraíso azul. Llegamos al mismísimo cielo más de cuatro veces.

Señor, esta muchacha te estaba aguardando, ella era para ti, mucho antes de venir a este mundo, ella era tuya. Señor, esta criatura era sólo una niña que sabía poco o casi nada de tus extraños rituales. Pero aunque esa noche casi fuiste mi dios, tengo bien aprendido que me concediste la dicha de amar como pocos mortales podrían hacerlo. Me hiciste la mujer que ahora soy.

Señor, han pasado los días, los meses, y hoy, viéndote desde aquí, siento que te amo igual. Tal vez por eso, cuando me contaron que ayer te vieron llevando, a toda prisa, clavos y un madero hacia algún lugar imaginé un montón de cosas.

Ahora estoy aquí, en el Gólgota, viéndote disipado, crucificado. Tú en tu cruz y nosotros en este suelo terrenal, aquí donde tus pies, al tercer día, podrán caminar otra vez sobre los pastos rojos y las piedras del camino. Pero escúchame un momento, Señor, mira este vientre abultado que todavía llevo conmigo. Contempla los pechos hinchados y húmedos que tengo. Mira cómo me saltan lágrimas por ti, Señor, mírame y dime lo mismo que aquella noche en esa alcoba, dime que nunca más podremos dejarnos. Porque he empezado a contar cada uno de los viajes que no hicimos. He empezado a contar tus besos en mi espalda. He empezado a despertar con los ojos anchurosos de tanto soñar contigo, con el cansancio de verte llegar sediento y cubierto de polvo. He soñado tanto con el cansancio de currar tus manos ahuecadas, tus pies ahuecados. Tu cabeza espinada. Quiero limpiar tu sangre seca. Quiero verte a solas otra vez. Sé que ya no tendré que apretar esta panza abultada para que nadie vea cómo crece un poco de ti en mi vientre. Sé también que tendremos otras noches interminables. Por eso, antes de que empieces ese viaje que ya llevas retrasado, dime, Señor, ¿qué nombre le pondremos a este hijo que ya te empieza extrañar?


“María Magdalena”, pertenecen a la sección “Bíblicas”. Son microcuentos incluidos en el libro que el autor tiene en prensa: “Electra machina”

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