domingo, 17 de abril de 2011

La muerte poética en "Leve ceniza"




Por Boris Espezúa Salmón


Hace ya algunos meses ha sido publicado “Leve Ceniza” de Darwin Bedoya, poemario que hace pocos días tuvimos la suerte de adquirirlo y cuyo contenido nos motiva el presente artículo, el libro ha sido premiado con la Primera Mención Honrosa en la I Bienal de Arte “Víctor Humareda Gallegos” en el género de Poesía- Lampa en el año 2009. El autor nació en Moquegua en el año 1974, es Poeta, Narrador y Editor. Es docente de Lengua y Literatura, ha publicado poemas y cuentos en conocidas revistas de literatura del sur peruano.

En su trayectoria cuenta el haber logrado algunos méritos como el reconocimiento con la Primera Mención Honrosa en el Concurso Nacional de Poesía “Premio Pucará” Huancayo – 1997, organizado por la revista de literatura Cascadas; segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía premio “Alberto Hidalgo” Arequipa – 1998, organizado por el semanario El Clarín, primer premio (compartido) en el concurso departamental de poesía “Premio Simón Fidel Quispe” Puno – 1998, organizado por la CUBUP – Puno; finalista en el VII Certamen Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja convocado por el Instituto Municipal de Cultura “Joaquín Chapaprieta” de Torrevieja-2002. España-Alicante.

Es integrante de la CADELPO (Casa del Poeta Peruano) filial Juliaca, fue coeditor de la revista de literatura “Pez de Oro”, editor de la revista de literatura “Lágrimas de Cocodrilo”, director de Cuadernos bimestrales de poesía “Espantapájaros” y del tabloide de Poesía “El Aguafiestas”, es editor de la revista de Literatura “La Rama torcida”. Ha publicado varios poemarios previos a: “Yarume, primera edad del silencio” (2006) de los cuales el confiesa que fueron de aprendizaje. En lo que corresponde a narrativa a publicado: “Aunque parezca mentira” (2008) y el texto: “Aunque hacías falta” (2009).

Es llamativo para un poeta y narrador tener una trayectoria casi espléndida en los años tempranos en que aún transcurre. Ello es un síntoma de que ahora los jóvenes tienen más facilidades para publicar sus obras y que existe más eventos donde pueden participar para construir en breves tramos toda una trayectoria literaria. “Leve Ceniza” es un poemario que está escrito en prosa, esta técnica tiene precedentes en muchos poetas nacionales como el caso de Julio Ortega, Javier Sologuren, Juan Gonzalo Rose y algunos horazerianos como Enrique Verástegui. El libro está planteado con un temario previo que es la muerte, y que sirve de común denominador a todo el conjunto del poemario que está dividido en cuatro secciones: Poiesis, Cantares, Salmos y Rituales. El tema de la muerte que hace alusión a la ceniza no es nuevo en la poesía, sin embargo el abordaje, la aliteración de los significados si tiene en Bedoya una singularidad que le permite lograr efectos de alta sugestividad. El hombre es el único ser consciente de la muerte. Para el filósofo Hegel la muerte es el tránsito de la individualidad a la universalidad. La muerte es entendida como una creativa autoliberación de la especie, somete sus fines particulares a los fines universales lo que implicará la superación de la conciencia desgraciada y su propia salvación o autoreconocimiento. Lo finito es un pasaje hacia lo infinito. Gracias a la muerte el espíritu que no se ha afectado por ella vuelve en sí. El poeta en versos dice: (VII) “Donde poso el cansancio de mis ojos, donde me detengo un instante, veo la terrible expiación de mis días. Me pregunto: ¿Qué verán mis ojos cuando mi soledad sea antigua como las piedras? ¿Qué tipo de ángeles lamerán estos huesos? (VIII) “Trazo estas líneas para borrar una parte del abandono que he sido. Dejo estas palabras al silencio y entierro mi gran enfermedad, para seguir siendo el mismo animal oscuro que te llama cada tarde. Escribo remedios para este mal que te aleja. Un día mis manos buscarán un cielo devastado y oscuro. Este cuerpo que tengo será nuevo para mí” En estos poemas, el autor nos habla de tres niveles de muerte: Cuando uno está por morir, cuando ya ha muerto y después de muerto habla para sí. En el mundo andino la muerte es solamente un estadio, ello significa que alguien que muere vive o renace, por lo que no resulta ilógico en esta perspectiva que una vez muerto el difunto hable con su amada, se refiera a la posibilidad de renacer en nuevos días. En espacios aymaras los muertos cohesionan los grupos sociales. La vida, la comunicación con los ancestros, forma parte del mundo, en el cual el pasado y el presente interactúan siendo el pasado personificado en cuyos poderes se mantienen el presente y garantizan el futuro, se venera a personas consideras socialmente relevantes después de su muerte para que vivan como luces que nos iluminan constantemente.

En otros pasajes del poemario “Leve Ceniza” se dirá: (XL)” La poesía nace de un rostro abandonado. Es un alfabeto de cenizas y va quebrantando la última palabra de mis labios. Es que la poesía, como el viento, no tiene morada. Y nadie sabe cuándo viene, pero sólo así podría llegar un día, confundida con ella misma. ¿A qué viene la poesía? (XLI) “Un desierto de ceniza oscura se abre a mis pies. A lo lejos veo a mis ángeles entristecidos, de sus labios tiznados sale mi nombre como una maldición. Yo humedezco mis ojos con saliva negra: todo este tiempo estuve escribiendo sólo para desordenar el silencio y las palabras. Mi única forma de escritura era esta existencia que presagiaba los verbos del principio y del fin”.

El poeta en estos versos expresa que la finitud, mal que nos pese, define nuestra condición y nuestras posibilidades. Lo paradójico es que la muerte no es ni absolutamente externa debido a nuestra mortalidad, ni absolutamente interna debido a que con ella se acaba la vida y todos sus acontecimientos y posibilidades. La muerte cuestiona radicalmente el sentido de la existencia humana y de la libertad al ratificar la insuficiencia de nuestro proyecto de vida. La muerte como desposesión nos revela nuestra última coincidencia con nosotros mismos, el hecho de que no nos poseemos radicalmente. Además cuando se alude a la poesía y la muerte, existe entre ambas unos vasos comunicantes por el cual se expresan lealdades y deslealdades, es decir que la mejor forma de expresar el sentido de la muerte es mediante la poesía o la filosofía y la mejor forma de no expresarlo es callando poesía y callando filosofía. Que la poesía no tenga morada, y es etérea, es absoluto en el plano de la estética y es relativo, puesto que también la poesía fija y refija el sentido terrígeno, pero no la posee como algo enclavado, sino la desposee para abrirle las alas al viento. La escritura y la muerte por otro lado también tienen su solitaria expresión de controversia y de significación. El ser humano es una suma de fragmentos, es un ordenamiento de aspectos volátiles. La idea de la muerte es una constante que se concreta bajo el rostro de una máscara de misterio que abre y cierra los poemas de Bedoya. Aquí el sujeto poético se interroga sobre quién es él, sobre su destino marcado y sobre el origen y el final de las cosas, para unificar un puñado de imágenes rotas en la única razón que sostiene al autor, que es el de escribir como una manera de vivir y combatir a la muerte.

“Leve Ceniza” está lleno de sueños, reflejos, identidades fragmentadas, polifonías fantasmagóricas, que remiten al lector a un ámbito de sueño dentro de otro sueño y el reflejo dentro de otro reflejo, que expresan la imposibilidad del ser humano de reconocerse en la vida, sino sólo en la muerte. La última parte del libro que tiene el segmento de rituales, leemos: (XCI) “Llegaré hecho sombra, no existirá mi fantasma. Mis huesos y mi sangre serán un recuerdo, unos rastros de olvido comenzarán a pesar en mi forma de escalera y un perro hambriento lamerá estos huesos. Todo por amor al olvido.” (XCII) “ Un cráneo rebalsando mariposas, un caballo galopando sobre las palabras que bebo como un vino ciego, unas manos diciendo adiós, como un gusano perdiéndose en la bruma de la carne, creo que sólo es alguien llorando un mar de ausencias en mi pecho, mariposa que se posa en los vanos de mi cráneo. Eran muchos caballos y hacía polvareda. Las mariposas siguen volando para saber que existen”. El poeta se interroga sobre el desenlace del cadáver, sobre cómo existen elementos como el caballo y las mariposas que implican los sueños roídos, el paso de una naturaleza muerta a una naturaleza viva. Hay una crisis de elementos simbólicos que implican salvación, un morirse para vivir, un perder verdaderamente para dar paso al hallazgo como decía Vallejo.

Estamos frente a un poemario que desarrolla un tema singular, que es una muestra de mayor seriedad frente al texto poético, lo que también se expresa en otro coetáneo de Bedoya como es el poeta Luis Pacho que en su texto “Horas de Sirena” de igual forma nos trae una historia, un tema específico que desarrolla como Bedoya con mayor destreza en el uso de las palabras poetizadas. Nuestra poesía puneña puede seguir elevando las alas por horizontes promisorios. El hecho de que el trabajo poético se realice con mayor exigencia y cada poeta elija un camino donde confluyen con nuestra riqueza histórica y nuestro acervo mágico, es sintonizar por un valor agregado que nos viene de fabrica a los puneños y que al mismo tiempo sintamos que tenemos la necesidad de develarlos y desarrollarlos, ese es el reto común por el cual pervive la ética y estética frente a la hoja de papel y el sentido de pertenencia de las nuevas generaciones a una patria, a una región que nos nutre con toda la arcilla viva para moldearla y expresarla. Leve Ceniza es una ruta abierta, un planteamiento insurrecto desde el lenguaje, cuyos códigos poéticos se fundan en el silencio, en el vació y en la muerte.


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