lunes, 7 de septiembre de 2009

"Salomé y otros cuentos", de Javier Núñez


Por José Luis Velásquez Garambel

“Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas”. (Oscar Wilde)

“Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”. (Napoleón)

Se acaba de publicar “Salomé y otros cuentos” de Javier Núñez (Melgar – Puno, 1980), estudió en la especialidad de Lengua, Literatura, Psicología y Filosofía en la UNA-P., Actualmente viene desarrollando estudios de maestría en Lingüística Aplicada (UNSA-Arequipa). Posee en su haber "Espejos de bronce" (2005), un libro de escritos juveniles publicados junto a Franklin Ramos. En el 2008, con el cuento "Clara Luz", fue finalista en el concurso Regional de Cultura, auspiciado por I.N.C. de Cusco. De él, hemos leído también "Los Herejes"(en la que los personajes pertenecen a la vida real y que pueden ser identificados en las situaciones exageradas de las que participan en su afán por hacer literatura, en el espaciopuneño), una novela producto de sus lecturas de las obras de Roberto Bolaños, ese magnífico narrador chileno autor de “Las Putas Asesinas”, “Los Detectives Salvajes” y “2666”, sin duda uno de los autores de culto de las nuevas generaciones, perteneciente al Post Boom, y a quien la crítica viene reconociendo tardíamente.

Núñez relata, en “Salomé y otros cuentos”, algunos hechos que escapan a la verosimilitud y que podrían ser calificados, como alguna vez lo hizo Jorge Flórez, de snop; ello se debe a que la ideología es un eje y motor latente en nuestra cultura, que peca de moralista y secreta e hipócritamente comparte una moral doble (por un lado sanciona lo que ella disfruta y por otro goza de lo que a los otros se les está negado), que en muchos casos priva al lector de una visión más crítica y amena, obviamente esconde su apreciación en el velo de la moral, que para este caso es un obstáculo para un apreciación cabal de cualquier obra. Claro que en el arte no existe moral, es como dice Oscar Wilde, al referirse al tema de los libros o a la naturaleza de ellos: “No existen tales cosas como los libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o están mal escritos, eso es todo” y en el caso de Javier Núñez, podríamos arriesgar a decir que es un talento en desarrollo, producto de la dedicación en el oficio, del ejercicio y estudios constantes. Su narrativa ha evolucionado desde sus primeros relatos, ahora muestra una técnica más lograda, el manejo de la palabra, así como un buen dominio de las estructuras.

Núñez no es un filibustero que intenta sorprender a la opinión pública publicando cualquier mamotreto que pase por texto literario para incrementar el expediente personal, o para lograr un sitial entre los tantos poseros que reclaman sitio y reconocimiento como al parecer se acostumbra en las últimas hornadas, desde esta perspectiva no cualquier hijo de vecino (sin ofender al vecino obviamente) debe dedicarse a un oficio tan delicado y noble, esto por falta de talento, formación, dedicación y lecturas.

Pues, ante todo como dice Wilde (quien también posee en su haber “Salomé”): “El artista es el creador de las cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte. El crítico es quien puede traducir a otra forma o a un nuevo material su impresión de las cosas bellas. La más elevada, así como la más baja, forma de crítica es la de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en las cosas bellas son corruptos sin encanto. Ésa es su falta. Los que encuentran intenciones bellas en las cosas bellas son los cultivados. Para éstos hay esperanza. Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan sólo belleza”. Esta es una ocasión para felicitar a Núñez por este atrevido y bello trabajo, que lo sitúa como un narrador urbano.

NOTAS SOBRE EL EROTISMO

Georges Bataille.- “El erotismo es una experiencia interior, es ese "desequilibrio en el cual el ser se replantea a sí mismo y de un modo consciente. En cierto sentido el Ser se pierde objetivamente, pero entonces el Ser se identifica con el objeto que se pierde". Para pasar de un estado normal al estado erótico, manifiesta, se necesita disolver ese Ser constituido en el orden discontinuo (nuestro diario vivir cada quien con su vida y sus proyectos en ella), y para ello es necesario estar desnudos porque la desnudez se opone a ese ser cerrado que somos comúnmente. Otro filósofo para quien la mirada es esencial: lo que seduce es la visión de un cuerpo que nos muestra su secreto, su presencia seductora, su fascinante piel desnuda. Vínculo de espejos adonde la desnudez desordena los sentidos. Lo maravilloso del erotismo, entre muchas cosas más, es que la individualidad que somos se ve así desposeída aunque sea por unos instantes y en su lugar hace su presencia el deseo y la rotura de los límites en la plenitud del instante.

“No sé si la literatura se distingue del erotismo en general. Me parece que es muy importante darse cuenta del carácter infantil del erotismo en su conjunto. Es erótico alguien que se deja fascinar del mismo modo que un niño por un juego, y por un juego prohibido. Y el hombre al que le fascina el erotismo está igualmente en la situación del niño frente a sus padres. Tiene miedo de lo que podría ocurrirle, va siempre bastante lejos porque tiene miedo, no se contenta con lo que los adultos verdaderamente sanos se contentan; le hace falta tener miedo. Necesita reencontrarse con esa situación infantil, cuando se encontraba amenazado constantemente por una riña, de forma muy severa incluso; de un modo insoportable, intolerable. (El énfasis es mío)”.

Mario Vargas Llosa.- "Digámoslo desde el principio: no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias. Una literatura especializada en erotismo y que no integre lo erótico dentro de un contexto vital es una literatura muy pobre. Un texto literario es más rico en la medida en que integra más niveles de experiencia. Si dentro de ese contexto el erotismo juega un papel primordial, se puede hablar verdaderamente de literatura erótica. La Celestina, por ejemplo, es una obra maestra, probablemente la más importante de la literatura española después del Quijote. Decir que La Celestina es una obra erótica sería empobrecerla, porque aunque es eso, también es muchas otras cosas: una obra de una gran riqueza verbal, de una gran inteligencia en su construcción, que incluye muchas manifestaciones de la vida -la moral, la cultura, la psicología-, pero indudablemente el erotismo tiene en ella un papel primordial. ¿Un ejemplo contemporáneo? Lolita, de Nabokov, una de las grandes novelas modernas. En ella el erotismo tiene un papel principal entre muchos otros ingredientes que juegan un papel similar dentro de una gran complejidad. Así es como se da en la vida la experiencia erótica. Una exaltación muy desembozada de la pulsión sexual, de la fantasía erótica, de los fantasmas, del derecho al placer. Todo eso está en Lolita, que, por otra parte, es una obra muy intelectual. El mejor erotismo nunca está disociado de otras manifestaciones, que, además, lo enriquecen".


Publicado en el diario Los Andes

martes, 1 de septiembre de 2009

ANTI-KAMÁCHIQ (PRELIMINARES PARA UNA ASEDIO)


Por Yudio Cruz

1) Jorge Flórez Aybar es, qué duda cabe, el paladín más vehemente del indigenismo literario de última hora (“andinismo” prefiere llamarlo él). Sus numerosos artículos y ensayos literarios, siempre polémicos, lo han consagrado (al menos en Puno) como el principal ideólogo de esta “nueva” corriente. No es ciertamente un crítico literario de primer nivel --sus adversarios cuestionan su rigor académico--, no puede serlo quien, largando al tacho las teorías venidas de ultramar, demanda porfiadamente una “teoría literaria de los Andes”; sin embargo, hay que admitir que estamos ante un ensayista digno de consideración. Sí, un gran ensayista y, por supuesto, un ideólogo consecuente. La reciente publicación de “La agonía de Kamáchiq”, su segunda novela, lo confirma con creces.

Como es natural en estos casos, sus amigos y admiradores celebrarán la publicación del libro redundando en panegíricos, aclamaciones, ditirambos y aplausos. Aunque mi nombre no figura en la lista de invitados, voy a colarme a la fiesta, no con la intención de arruinarla (válgame dios) sino para enriquecerla de un modo inusual en nuestro medio. “Discrepar --ha dicho alguien-- es otra manera de aproximarnos”. Ésa será mi actitud: festejaré la aparición de la novela criticándola. Sé que la comparación es atrevida e insensata, pero no fue distinto el proceder de Jürgen Habermas cuando en 1968 lo invitaron a la conmemoración de los 70 años de Herbert Marcuse. La crítica es, entonces, el mejor homenaje que puedo rendirle al escritor puneño Jorge Flórez Aybar.

2) “La agonía de Kamáchiq” viene a ser algo así como la continuación de “Más allá de las nubes”, novela inicial que el autor publicó hace exactamente una década, ya que los personajes y escenarios de ésta reaparecen en aquélla. Las variaciones son mínimas --uno que otro personaje o escenario nuevos--; lo mismo ocurre con la atmósfera, el lenguaje y las estrategias narrativas. En “La agonía de Kamáchiq” el rol protagónico lo asume precisamente Kamáchiq (en la novela anterior su papel era secundario), un marxista disidente convertido ahora al “andinismo”. Secundado por unos cuantos subversivos (militantes de Sendero Luminoso), el protagonista deberá enfrentar (o sortear) una tenaz persecución policial --un oficial apodado “Rata Blanca” es el antagonista por excelencia--, de la que al final saldrá bien librado. Entretanto entablará con sus amigos terroristas una serie de coloquios, donde las cuestiones izquierdistas, tercermundistas, populistas e indigenistas estarán a la orden del día. Gran parte de los hechos sucede en la República de los Andes (Perú), un país turbulento --asolado por Sendero-- cuya clase gobernante es autoritaria, servil con los extranjeros y fabulosamente corrupta.

No vale la pena ahondar demasiado en los aspectos técnico-formales de la novela porque pesa más en ella la ideología del autor. En efecto, Flórez Aybar insiste en proclamar el dualismo andino/occidental, incurriendo así en un maniqueísmo provinciano que, en desmedro de los valores narratológicos, lo conduce al terreno del alegato y el panfleto. Subyace en “La agonía de Kamáchiq” una actitud profundamente antihispánica y antioccidental. El autor se empeña en reavivar odios, rencores y demás traumas de origen colonial. El “blanco” es para él un ser desalmado, perverso, inescrupuloso, avasallador, codicioso, explotador, egoísta…en suma, el malo por antonomasia. La cultura andina es, al contrario, irreprochable, inmaculada, sacrosanta y, por ende, inmensamente superior; pero padece hasta hoy quinientos años de humillante subyugación. Por otro lado, su postura respecto a Sendero denota una simpatía mal disimulada cuyo resultado es la oposición subversivo-bueno/policía-malo. Del mismo modo, su encono visceral hacia la clase gobernante, a la que una y otra vez tacha de corrupta, da lugar a una oposición análoga a la anterior: pueblo-bueno/político-malo. Este aluvión ideológico produce en los personajes un efecto deplorable, ya que hace de ellos marionetas estereotipadas y predecibles.

Como ya lo señalé en el parágrafo inicial, Flórez Aybar (2004, 37; 2009, 12) quiere deshacerse a toda costa de las teorías europeas --según él, inútiles en nuestro contexto-- y apela más bien a un utópico y extravagante “tratado de teoría literaria en los Andes [sic]”. Ergo, siendo “La agonía de Kamáchiq” una novela representativa de la cultura andina, debería ser “valorada” desde una perspectiva localista. Sería una actitud consecuente con la prédica “andinista” del autor; sin embargo, la descarto de plano porque creo, recogiendo la acertada observación de Dorian Espezúa (2007, 5), “…que la teoría literaria es universal y general (por eso es teoría) y no local y particular”. Es más, Flórez Aybar incurre en un contrasentido monumental, extensivo por cierto a todos los indigenistas recalcitrantes, cuando acomete a “Occidente” valiéndose de una lengua y un esquema de pensamiento inconfundiblemente occidentales, conducta que demuestra, “…con didáctica nitidez, la ingenuidad de quienes reniegan de su origen hispánico-occidental en idioma español. Su occidentalidad se delata precisamente en sus juicios bipolares de raíz aristotélica (si es pro-español es anti-indígena, si es pro-indígena es anti-español) y también sus piadosos sentimientos morales de raíz cristiana (los pobres y buenos indios; los malos y crueles españoles)…” (Valdivia 1997, 62). Que nadie se sorprenda ni exaspere, entonces, si para hacer el análisis crítico de la novela empleo un modelo teórico europeo.

3) El análisis ideológico planteado y desarrollado por el holandés Teun Van Dijk (sobre todo en Van Dijk 2003) me proporcionará las categorías necesarias para llevar a cabo tal empresa. El análisis que emprenderé no será estrictamente literario; la naturaleza ideológica y militante de “La agonía de Kamáchiq” requiere más bien un acercamiento (o asedio) al discurso de su autor. Como vimos, la novela va más allá del afrontamiento puramente literario, llegando a plantear de modo abierto antagonismos políticos, culturales y principalmente étnicos. Este discurso está regido a las claras por la ideología indigenista. Prefiero esa denominación (indigenismo) --a despecho de Flórez Aybar, que adopta (¿acuña?) el vocablo “andinismo”-- porque, entendida en su acepción más genérica, amplia y moderna (al margen de matices y sutilezas), engloba cómodamente posturas como la del escritor en cuestión. La particularidad de esta remozada ideología es su carácter marcadamente pro-andino y antioccidental.

Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (2007, 109) han caracterizado así al indigenismo de marras: “No nos referimos, por cierto, a la legítima valoración cultural e histórica del pasado precolombino, que por lo demás nada tiene que ver con el indigenismo. Nos referimos a la estafa ideológica mediante la cual, quinientos años después del tropiezo de Colón con las costas americanas, ciertas camarillas políticas y sus comparsas intelectuales pretenden oponer a los valores occidentales y a la modernidad una pureza «originaria» --según la palabreja de moda-- en pugna con los herederos de la Conquista”. Por su parte, Juan Carlos Valdivia (1997, 57) ha resumido de forma espléndida --si bien comparativamente-- su ciclo vital: “Con el indigenismo, en el Perú, ha sucedido algo semejante a lo ocurrido con el marxismo, en el mundo: su necesidad de difusión se ha plasmado en un proceso inevitable de vulgarización y empobrecimiento más o menos típico en la cultura occidental: una corriente de pensamiento se hace doctrina, dogma, verdad única e indiscutible; se ideologiza, se anquilosa y, finalmente, se vuelve un prejuicio colectivo más”.

Siguiendo el enfoque teórico de Van Dijk, sin llegar al sometimiento, nos bastará advertir las escisiones maniqueas del indigenismo para comprender que estamos ante una ideología racista, lo que no es ciertamente primicia alguna, aunque muy pocos se atrevan a denunciarlo. Quien sí lo hace de manera desenfadada y por cuenta propia es Mario Vargas Llosa. El más grande novelista peruano de todos los tiempos apostrofa a “…la subespecie «indigenista», que, pretendiendo subvertir cinco siglos de racismo «blanco», predica un racismo quechua y aymara…” (Vargas Llosa 2007, 11). Esa es la ideología que se reproduce en el discurso de Flórez Aybar, en este caso, en “La agonía de Kamáchiq”. Subordinadas a su indigenismo hallamos otras ideologías afines, como el marxismo, el tercermundismo y el populismo, todas llamadas a reforzarlo, complementarlo y secundarlo, sin mayores fricciones, casi armónicamente.

4) Es mi obligación ahora probar en la novela misma lo que hasta aquí vengo sosteniendo, esto es (en apretada síntesis): las implicancias segregacionistas de la ideología indigenista de Flórez Aybar. Recurriré con dicho fin a las categorías propuestas por Van Dijk para analizar discursos de ese tipo. Mi corpus textual lo constituirán las reflexiones, ideas, opiniones y conversaciones de los distintos personajes de “La agonía de Kamáchiq”, sobre todo las de los protagonistas (el discurso de los personajes), y el relato de los hechos realizado por su único narrador que, dicho sea de paso, es omnisciente (el discurso del narrador). Demostraré, por lo demás, hasta qué punto ambos discursos están supeditados a la ideología del autor.

En lo que sigue trabajaré de acuerdo al presente esquema: (I) Proporcionaré primero algunos alcances teórico-metodológicos acerca del análisis ideológico de Van Dijk. (II) Valiéndome de dicho modelo, me centraré en tres ejes de análisis, que son los temas que predominan en la novela: la corrupción, la violencia armada y la segregación. (III) Finalmente, daré a conocer mis conclusiones.

domingo, 23 de agosto de 2009

Nuevo cuento puneño: Erotismo y goce en la narrativa de Javier Núñez

Javier Núñez



Por Darwin Bedoya

En el prólogo a «La cita y otros cuentos de mujeres infieles», la escritora Rosa Montero se detiene en una entrevista muy irritante para unos y muy excitante para otros, Montero señala: «una empresa de cosméticos italiana mandó hacer una encuesta sobre las consecuencias físicas y psíquicas del adulterio, y el trabajo arrojó unos resultados espectaculares. Al parecer, las mujeres rejuvenecen con la infidelidad; el 47% se preocupa más de su aspecto tras echarse un amante; el 28%, adelgaza y recupera la línea; el 24% asegura que su piel se vuelve más tersa y luminosa, y el 52% sostiene que la traición les da más equilibrio psicológico. Además, el 26% confiesa que no tiene ningún sentimiento de culpa: de todos los apartados relacionados con el remordimiento, este es el que obtiene el porcentaje más alto. En el caso de los hombres, sin embargo, sucede casi lo contrario. Por ejemplo, el 32% de los varones se siente muy culpable tras el adulterio; también el 32% se ven con más arrugas, y el 24%, se ven más barrigones. Se diría que a los señores les sienta fatal echar una cana al aire, mientras que a las mujeres nos pone estupendísimas». Las ideas de traición, adulterio, «canas al aire», «choque y fuga», flirteos, virginidad, virilidad, machismo, etc., van intrínsecamente relacionados con la idea de erotismo. Al igual que el concepto de erotismo está íntimamente vinculado a los misterios fundamentales de cada cultura. El arte y la literatura de cada pueblo nos hablan de la experiencia erótica desde tiempos inmemoriales, frecuentemente separados de las nociones de religión y tabú. ¿Existe necesariamente un límite entre lo erótico y lo prohibido? ¿Qué nos dice la descripción del placer y del erotismo sobre el sistema de valores de una determinada sociedad? Son preguntas que tienen que ver con los tiempos actuales y que necesariamente reflejan la condición humana y sus formas de convivencia en este nuevo mundo y su vertiginoso discurrir. Todas las grandes civilizaciones del mundo —algunas de una manera más manifiesta que otras— han mantenido teorías sobre el sexo, respondiendo a la necesidad de dar una significación al deseo y a la sed de satisfacerlo. Es el amor y el erotismo la esencia del texto narrativo que ahora nos ocupa.

¿Cuántas manos tiene un hombre cuando habla del deseo? ¿Cuántos rostros se pueden encontrar en él? ¿Cuántos sueños hay en sus noches cuando anhela el deseo? ¿Es posible apagar los fuegos interiores con palabras? ¿Es una ilusión el amor? ¿Hasta qué punto soñamos cuando no dormimos? ¿Cuántos fantasmas escritos hay en nuestro cuerpo? ¿Qué hay sobre nuestra piel cuando el deseo, la caricia y el perfume se encentran? Estas preguntas parecen residir y a la vez ser el hilo conductor del nuevo texto narrativo de Javier Núñez (Melgar-Puno, 1980) Un hombre y una mujer, una mujer y un hombre que se encuentran y se desencuentran en la intimidad son los protagonistas de estas ocho historias en las que su continente, unidad plástica, trasfondo literario, brevedad y pericia lingüística nos develan la fuerza expresiva de un autor que, al margen de modas literarias, de fórmulas preconcebidas y círculos literarios se da a conocer con este texto rotulado «Salomé y otros cuentos» (Grupo editorial Hijos de la lluvia & LagOculto editores, 54 pp. Lima, 2009). Un libro de cuentos breves y elípticos, un libro alejado de los temas andinos (excepto el cuento Salomé) y los referentes geográficos de nuestros paisajes de la sierra.

Siendo el deseo erótico el hilo del que pende y se alinea la unidad de este libro, es necesario hablar de ello. En «Salomé y otros cuentos» el erotismo no imita la sexualidad, «es su metáfora.» El texto erótico es la representación textual de esta metáfora. Con esta posición opuesta de formas de amor es que Javier Núñez nos narra historias perfumadas con un tono sicalíptico, casi como una estela que alumbra ésta su ópera prima. En estas páginas el erotismo toma en cuenta hechos de orden subjetivo, de placer, de apetito o de necesidad claramente sexual, pero también ligados al ejercicio de funciones comúnmente consideradas como no sexuales. El hombre pide, pero la mujer tiene el poder de acordar o de rehusar: «Prepárate, querido —me dijo mientras se desabrochaba la blusa, en tanto que advertí sus pechos erguidos y cubiertos con un brasier negro—. El pantalón y las bragas me los quitarás tú, porque eso es deber de los hombres». (Una noche con Pamela, p. 49) Desde el esbozo del primer paso hacia la conquista de la mujer, el hombre se desviriliza. Creemos que ahí está la clave del laberinto sexual. Hemos alcanzado, creo, la edad del «homo eroticus.» Esto ha sido posible por una conquista de la libertad que ha venido de la ciencia, la ciencia que ha hecho huir las sombras siniestras de los prejuicios, de las obsesiones, de los rituales sin rito. Poco importa si la ciencia no es extraña al proceso de difusión del erotismo: su utilización se le escapa. Precisamente Octavio Paz desarrolla la idea de que es precisamente la capacidad del ser humano para el amor y el erotismo lo que hace la diferencia para no caer en la mera sexualidad animal, cuyo único fin es la preservación del género: «El erotismo es sexo en acción pero, ya sea porque la desvía o la niega, suspende la finalidad de la función sexual. En la sexualidad, el placer sirve a la procreación; en los rituales eróticos el placer es un fin en sí mismo».

«Por el momento estamos bebiendo whisky; para empezar eso está bien. Ya vendrán los episodios de relación más íntima, porque nuestra relación de este instante es superficial, limitada a miradas, diálogos… Estamos los dos y nadie más en esta habitación, y ya se aproximan las veintiún horas. Sin duda estamos consolidando la confianza entre los dos. Debo admitir que me está comiendo con los ojos, y dentro de unos minutos ya nos comeremos en la cama». (Clara Luz, p. 12) El acto de amar no es erótico en sí; pero su evocación, su invocación, su sugestión y aun su representación pueden serlo. Siendo la obsesión sexual, manifiesta u oculta, desenfrenada o dominada, un componente, o mejor un dominante de la vida social, e ilimitado el comportamiento erótico, estaríamos tentados de buscar una definición fácil de lo que es el erotismo en el amor; por ejemplo, se podría admitir que todo lo que no es genésico es erótico. Tal vez obtuviéramos de ese modo la aprobación de los teólogos, pero esa simplificación, por legítima que sea, no nos llevaría a ninguna parte. Preferimos entrar oblicuamente en ese dominio que oculta lo que hay de más individual en el hombre. Camilo José Cela, en su «Diccionario del erotismo» señalaba que: «[…] El erotismo es la exaltación —y aun la sublimación— del instinto sexual, no siempre ni necesariamente ligada a la función tenida por sexual en el habitual uso de las ideas y las palabras. […]» Casi marcando una distancia con Cela, George Bataille calificaba el erotismo como aquella parte de la sexualidad humana que nos distingue de los animales. Visto desde este ángulo diferente, el erotismo llega a ser el aspecto de la sexualidad que no funciona solamente con los instintos. Eso lo sitúa en una posición clave de la vida humana que determina toda nuestra sociedad y sus reglas, el pensamiento o el arte. En ese entender, se le atribuye al erotismo los elementos característicos que son el amor y la sensualidad, es decir aquella forma de amor que se dirige a los sentidos.

La Pamela putísima que crea Javier Núñez, parece ser amiga íntima —¿son del mismo burdel?— de otra putita, la «Princesa inclemente» inventada por Bolaño en su cuentario «Putas asesinas» cuando esa princesita le dice a Max: «Así pues, me quito la ropa, me quito las bragas, me quito el sujetador, me ducho, me pongo perfume, me pongo bragas limpias, me pongo un sujetador limpio, me pongo una blusa negra, de seda… […] Digamos que ha sido tu danza la que ha acelerado mis movimientos. Mientras yo me visto, tú danzas. En alguna dimensión distinta a ésta. En otra dimensión y en otro tiempo, como un príncipe y una princesa, como la llamada ígnea de los animales que se aparean en primavera, yo me visto y tú, dentro del televisor, bailas frenéticamente, tus ojos fijos en algo que podría ser la eternidad o la llave de la eternidad si no fuera porque tus ojos, al mismo tiempo, son planos, están vaciados, nada dicen». Este es un fragmento de uno de los mejores cuenticos del chileno, y lleva el mismo título que el libro, «Putas asesinas»; Núñez se conecta con esta atmósfera subjetiva y sugestiva del buen Bolaño.

«El sexo es un arte —dijo— conmigo aprendieron muchos hombres… Tú estás en tu punto, te voy a enseñar muchos secretos para que seas un hombre cotizado y para que nunca te olvides de mí… […] Escucha: la primera vez que se hace es clave. Si lo has hecho bien, si la chica llegó al orgasmo, o mejor todavía a múltiples orgasmos, entonces ella jamás te dejará ni te olvidará en toda su vida…» (Una noche con Pamela, p. 51-52) El erotismo toma en cuenta hechos de orden subjetivo, de placer, de apetito o de necesidad claramente sexual, pero también ligados al ejercicio de funciones comúnmente consideradas como no sexuales. De todos modos, el contexto social, étnico, cultural tiene una incidencia demasiado marcada para que el biólogo pueda osar pronunciarse y salir de esos «límites inciertos». Sabe que la educación, el lenguaje, la tradición, el nivel de civilización, todo el medio psíquico, colaboran en las costumbres amorosas del Hombre; estimulan o inhiben, animan o prohíben, imponen o levantan «tabúes», reprimen o liberan, inspiran el pudor o excitan la osadía: «Mientras permanecía desnuda y con las rodillas levantadas, él se quitó la ropa raudamente pero no sus gafas. Me acomodó sin dejar de acariciarme y me hizo el amor con furia imparable y movimientos cada vez más rápidos. Mientras pecamos él se animalizó, ambos nos animalizamos en realidad… Tuve tres orgasmos intensos. Definitivamente fue mi mejor noche…» (Una noche inolvidable, p. 43). Como afirma Octavio Paz, a propósito del erotismo, «nada más natural que el deseo sexual, nada menos natural que las formas en que se manifiesta y se satisface. En el lenguaje, y en la vida erótica de todos los días, los participantes imitan los rugidos, relinchos, arrullos y gemidos de toda especie de animales. La imitación no pretende simplificar, pero sí complicar el juego erótico y así acentuar su carácter de representación». Esto implica que el erotismo, presupone una «sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad del hombre», cuyo elemento distintivo es el placer concebido como un fin en sí mismo. Así pues, mientras que la sexualidad aparece siempre uniforme e invariable, el erotismo, por el contrario, conforma una experiencia polimorfa y cambiante que se manifiesta en una vasto y complejo universo de «objetos del deseo», tan rico y diverso como lo sea la propia capacidad inventiva del sujeto deseante. Los polos de atracción, ciertamente, pueden ser reales o ficticios, cosas o personas, efímeros o sempiternos. El amor, por su parte, es un sentimiento intenso en el cual convergen al mismo tiempo la seducción fatal y la libre elección. En el caso de la pasión amorosa, el erotismo, en tanto que componente primigenio y nutricio del amor, se concentra y decanta en esa tríada enigmática que es la atracción —obsesión— devoción suscitada por una sola persona: él o ella: «No perdiste tiempo, seguiste echando leña para tenerme calientita, y de pronto me dijiste: ‘vamos al baño.’ Al entrar me desvestiste rápido, me desabrochaste el brasier y me lo quistaste al instante. Besaste mis pechos erguidos; yo gemía y cerraba los ojos. Te despojaste de la chaqueta y la camisa. Me arrimaste a la pared, me subiste un poco la minifalda y me quistaste las bragas, maldita sea…» (El retorno de Zoraida, p. 19), o la ascensión gradual de los actos sexuales tácitos: «En eso advertí que una chica me llamaba sentada en la silla, completamente desnuda y con las rodillas abiertas … Me acerqué a ella y nos sumamos a la fiesta carnal. Se movía como las sirenas y gemía como las lobas… No olvido su carita de virgen ni sus cabellos dorados». (Una intimidad con Shirley, p. 28). Cuando el erotismo se sublimiza se convierte en materia y motivo literario, en oposición a la literatura erótica y a la pornografía literaria. Es así que el erotismo se construye a través de formas narrativas que pueden ser poéticas, noveladas o ensayísticas, para convertirse en una escritura sobre el deseo, mostrándose en contradicción al expresarse como sensibilidad y belleza, o manifestarse como provocación y violencia, siempre en una actitud transgresora. Diferente propósito persigue la escritura erótica donde se alude a la posible concreción del deseo desde otra vertiente no esperada. Si bien el erotismo en «Salomé y otros cuentos» se insinúa, el clímax no reside solamente en las palabras, sino en el lenguaje bien realizado. El erotismo requiere una evolución en las formas y una adquisición de grandes espacios de libertad para el individuo. Sólo en ese contexto la relación sexual se convierte en un juego, en un teatro, en una ceremonia, en unos ritos, y adquiere una connotación artística como las escenas de «Salomé y otros cuentos». Esto no se da en culturas muy represivas ni muy reprimidas, y por supuesto, no se da en sociedades primitivas. La tradición erótica presupone un elevado nivel de civilización, tal vez un tanto porque tenga que ver con el amor. En esta interrelación del amor, el erotismo y la literatura se observa a través de las obras y de la crítica examinada, una convergencia con respecto al carácter trasgresor y a la esencia humana de lo erótico y en sus diversas formas de imaginarios artísticos en el tratamiento histórico-literario. En fin, las representaciones literarias del erotismo y de lo erótico en las obras contemporáneas, unido a otros temas considerados trasgresores como prostitución, marginalidad, homotexto, imaginario femenino o la sexofilia, son protagonistas tanto en obras del campo teórico como de las construcciones literarias post-modernas.

Las acciones de «Salomé y otros cuentos» siguen un ritmo cíclico, marcado por la actividad sexual consumada o sugerida y la subsiguiente laxitud; los simbólicos ascensos y descensos de los lugares (hoteles, habitaciones) donde culminan las escenas de máximo placer carnal. A nivel formal, erotismo y literatura muestran fenoménicamente el estado fluido y prenaciente de la prosa literaria; el lenguaje metamorfosea la realidad creando una surrealidad en la cual la fantasía, el sueño, la hipérbole y todas las fijaciones obsesivas del inconsciente, adquieren un dinamismo inagotable e irreductible a la linealidad del texto. Ello determina la estructura «en movimiento» de la obra y el paulatino triunfo de lo irracional sobre lo discursivo, del impulso y voluptuosidad de la escritura, sobre la ilusión ficcional. Actividad sexual y escritura llegan a identificarse como flujos y reflujos de un mismo ciclo vital casi parodiando a los clásicos cuando escribieron sus grandes sueños en novelas y cuentos ya consagrados no por el hombre o la crítica, sino por el tiempo. Los referentes más cercanos de Javier Núñez son el viejo García Márquez, el extinto Benedetti, tal vez por ahí la narrativa breve de Bolaño y, por supuesto, el peruano Vargas Llosa. Sin embargo la prosa de este libro, deteniéndonos en el eje temático, por momentos alude a un Nabokov y su clásica «Lolita», a un Bukowsky, a un Pérez Reverte o al Haruki Murakami de «Tokio Blues», inclusive al Philip Roth de «El teatro de Sabbah» y quizá, implícitamente por lo de García Márquez y su «Memoria de mis putas tristes», al ya legendario Yasunari Kawabata y sus putitas bellas, dormidas en los ojos del viejo Eguchi. Sin duda, con este libro, Núñez empieza a alejarse del puritanismo y estaciona su discurso en un panorama narrativo donde antes había cierto «silencio», él aparece ahora con sus aires de perturbador, sin necesidad de hacer llegar a la excitación a sus lectores. Sólo perturbándolos. Luego de estos referentes, podemos añadir también que en la narrativa de Núñez confluye alquímicamente el tema erótico y además, en buena medida la construcción de los personajes, la identidad que le da a cada uno de ellos. (El retorno de Zoraida) Fluye el punto de vista del autor sobre el discurso, se da la focalización en el asunto. (Clara Luz, Débora Rojas, Salomé) El narrador locutor se desenvuelve acorde a la atmósfera. (Una intimidad con Shirley) El tiempo narrativo se inmiscuye con la trama. (Una noche inolvidable) Es decir, el estilo del narrador Núñez va alcanzando un corpus que lo va identificando, aunque claro, lo del estilo es progresivo, pero él ha sabido marcar una distancia con lo que es un inicio y lo que es el conocimiento plasmado del arte de narrar.

Este libro es un viaje casi lúdico a través de los términos «amor» y «erotismo». El autor no solamente quiere llamar la atención sobre unas palabras de uso cotidiano que resultan ser más escurridizas a la hora de fijarlas, sino también, quiere invitar a los lectores a elevarse por encima de su propia restricción para contemplar el Eros originario, más allá del tiempo y la distancia, para así acceder mejor a las costumbres del momento que se expresa en la comunicación interhumana. Con este libro de prosa límpida y estupenda, Javier Núñez marca el trecho temporal entre hoy y los narradores puneños anteriores, que hay que leer bajo «circunstancias alternantes» históricas. Ya estamos esperando los siguientes libros que ha anunciado Javier Núñez, mientras tanto, que «Salomé y otros cuentos» nos sirva de indicación para no cometer el mismo error de dejarse limitar por la propia situación histórica y las circunstancias pretéritas en las que andaba la narrativa puneña anterior.


BIBLIOGRAFÍA:

Bataille, George: «El erotismo» Tusquets Editores, Barcelona, España, 2000, 155 pp.
Bolaño, Roberto: «Putas asesinas» Anagrama, Barcelona, 2001, 225 pp.
Cela, Camilo José: «Diccionario del erotismo» Grijalbo, Barcelona, España, 1988, 453 pp.
Chevalier, Juan: «Diccionario de los símbolos» Editorial Herder, Barcelona. 1986, 322 pp.
Montero, Rosa: «La cita y otros cuentos de mujeres infieles» Alfaguara, España, 2000, 286 pp.
Paz, Octavio: «La llama doble. Amor y Erotismo» México, Seix Barral, 1993, 221pp.
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“Salomé y otros cuentos”




EL Grupo Editorial Hijos de la Lluvia y LagOculto Editores acaban de lanzar el (esperado) libro “Salomé y otros cuentos”, de Javier Núñez. Es un texto de cuentos cuyo tópico predominante es el erotismo o la otra cara del amor. El sexo y el deseo alternan sus páginas; y el amor, como concepto tradicional, pierde el sentido…


Los títulos que conforman son:


Clara luz
El retorno de Zoraida
Débora Rojas
Una intimidad con Shirley
Fotografía
Una noche inolvidable
Salomé
Una noche con Pamela


De venta en quioscos y librerías


Más información en: xavierwriter@hotmail.com
Cel: 51951024651


Av. Floral 651- Puno

sábado, 22 de agosto de 2009

Decisión fatal

Javier Núñez

Un hombre está parado sobre un puente, mirando las aguas agitadas del río. Nadie sabe en qué está pensando ni por qué está allí. A juzgar por sus ojos se diría que está preocupado. De pronto suena su teléfono móvil. Lo alza desesperado del bolsillo de la chaqueta. En el acto presiona la tecla indicada. Nadie sabe quién lo ha llamado y qué le ha dicho. La mera verdad es que arroja el aparato y se lanza al río.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Presentación de "El Laberinto", de Alfredo Herrera


En la presentación de "El Laberinto", de Alfredo Herrera, 2 de julio de 2009.
En la foto: Luis A. Incacutipa, Alfredo Herrera, Dr. Juan Luis Cáceres y Javier Núñez

Luis A. Incacutipa


ENREDADERA
Quise seducirte con el mundo
imitando a la lluvia y su desnudez.

Enredadera de emociones
que se abrasa con el aroma de las flores
Engendra tu sonrisa
en la melancolía anidada en la flor nocturna.

No me dejes nuevamente
sin mirarme a los ojos donde naciste.

Luis A. Incacutipa